La mirada ciega

La invisibilidad no es un juego, ni tampoco un anhelo. De niños soñamos con la posibilidad de ser invisible, de grandes descubrimos que vivimos con esta posibilidad. Es de locos pensar que una persona pueda llegar a tener la facultad de no ser visible. Todas las personas lo somos, o por lo menos eso creo. Nadie está exento de ver y de sentir las cosas que nos rodean.

Aunque no tenemos la posibilidad de no ser vistos por los ojos humanos, las personas sí tenemos un superpoder, el poder hacer invisible. El ser humano tiene la posibilidad, con intención o no, de convertir en invisible algo que puede ver. Al pasar de los días de nuestra vida, nosotros elegimos que “hacer invisible”. Podemos invisiblizar a las personas, a los objetos y a las responsabilidades. De niños ser invisible es un sueño, de grandes es una pesadilla que la gente otorgue esta facultad. No es difícil encontrar a una persona invisible, se puede ver fácilmente. Con solo ver a una persona durmiendo en la calle, uno puede entender a lo que me estoy refiriendo. El no mirar a la persona que tenemos al lado, pasando frio y hambre, es una actividad que muchas personas realizamos diariamente. El estado es también un ciego en esta cuestión. Tienen la facultad de invisiblizar las personas y sus problemas, de no ver la problemática real, y solucionar las cosas superficialmente.

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Todavía recuerdo el día que el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, llegó a darle un mensaje a Samuel, mi vecino que vive sobre la vereda de un local de la calle Riobamba. Por un momento pensé, que había dejado de ser invisible para ellos, que podían mirarlo a los ojos y entenderlo. Pero no era así, no solo que seguía siendo invisible, sino que también querían sacarlo del plano de visión que uno puede observar al caminar por la calle Riobamba. No era para darle una solución a la problemática con la que Samuel vive, sino para quitarle lo poco que tiene, su colchón y sus vecinos, que con el tiempo, supo ganárselos, demostrando que por estar en la calle, no es solo un objeto tirado, sino que es una persona a la que se le puede tomar cariño y tener confianza.

“Yo soy un elemento más del paisaje, los residuos de la calle son mi camuflaje. Como algo que existe, que parece de mentira, algo sin vida, pero que respira”, canta René Pérez junto a la Negra Sosa en “Canción para un niño en la calle”. Esta canción explica con sutilezas esta problemática. Ser un elemento del paisaje no es una simple frase, sino que es una realidad con la que muchas personas conviven. Tenemos los ojos para ver el plano de visión que nuestro órgano nos permite. Podemos ver muchísimas cosas, pero también, podemos elegir que mirar.

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Una pequeña diferencia

Un viejo diccionario, que baila entre el polvo de mi biblioteca, me indica que “ver” y “mirar” son sinónimos. Entiendo el porqué de la asociación entre estas dos palabras, pero también entiendo que no son sinónimos, son acciones parecidas pero con una pequeña diferencia.

Como señale antes, las personas tenemos la facultad de poder ver a través de nuestros ojos las cosas que nos rodean. De lo que nosotros vemos, elegimos que mirar. El mirar es algo mas profundo, cuando miramos intentamos entender, comprender, intuir de que están hechas las cosas y el porqué de estas. Por eso el diccionario está ahí, juntando polvo. Lo veo, pero no lo quiero mirar.

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Las personas solemos realizar esta selección del “que mirar” día a día. ¿Cuántas veces hemos visto a una persona que conocemos, pero que no queremos cruzarnos, y decidimos no mirarla? Si veo a mi jefe por la calle, seguramente no voy a querer mirarlo, salvo que necesite un aumento. Pensándolo bien, necesito un aumento.

Como señalé anteriormente el mirar requiere una actividad más profunda y reflexiva, el elegir que mirar le otorga el rumbo a nuestras vidas. Algunas personas optan por lo material, despejando de su mirada a todo aquel que lo rodea, teniendo entre ceja y ceja llegar a su meta, sin importar todas las cosas que su mirada le imposibilita ver.  Otras optan por una mirada más humana y conciliadora, visualizando los problemas y buscando una solución.

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La mirada más profunda llega a la vida de las personas, a veces desde temprano, y algunas veces tarda demasiado, quizás llega el último día de nuestra vida. Todo aquel que decide no mirar al que tiene al lado, a esa persona durmiendo en la calle con la que tropezó el otro día, igualmente lo ve. Y tarde o temprano las imágenes vuelven a la cabeza y uno puede entender el rumbo que tomó. Lo que miró y lo que no.

El correr del tiempo le da sentido a las cosas, y ahí es cuando uno puede analizar y entender las cosas que miró y todo lo que se perdió.

La invisibilidad no es un superpoder, es una realidad que se puede ver, es solo cuestión de mirarla.

Manuel Oubiña.

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2 comentarios en “La mirada ciega

  1. Excelente ensayo !!! Es un tema que lo tratamos a diario en la Pastoral social dónde llevo adelante mi misión…De las personas invisibles estamos rodeados cuando salimos a darles de comer a la calle su lugar dónde viven…los hacemos visibles desde nuestra Parroquia…A los ancianos y enfermos cuando los visitamos…los hacemos visibles….Pero cuántos seguirán invisibles???!!
    Me gusta la mirada de Manuel, que diferencia haríamos en la sociedad si nos pondríamos a hacer visibilidad…sino llegará un día en que “yo” también llegaría a ser invisible.

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